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Hace poco estuve nuevamente por el balneario de Cerro Azul. Digo nuevamente porque no es la primera vez que voy, de hecho es la cuarta o quinta, sin embargo han pasado más de 10 años desde la última vez que lo visite.
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Cerro Azul es un pueblito pequeñito (ojo con los dos diminutivos… no son error sino un intento de reflejar su tamaño real). La gente camina a otro ritmo, es decir, camina más lento quizás porque la necesidad de llegar a algún lugar no existe o porque da lo mismo el tiempo. O quizás porque el tiempo no existe como tal y sólo es algo que suele reflejarse cuando alguien casualmente observa un reloj.
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Sentado en la plaza de armas me di cuenta que, fuera de la pintura de algunos locales, en líneas generales podía decirse que el pueblo continua tal cual. Es cierto que por ahí se ven algunas edificaciones en proceso que deberán estar listas para albergar a los visitantes de la próxima temporada veraniega pero fuera de eso todos están donde se quedaron hace una década.
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Considero que la causa de este estancamiento ha sido que el pueblo no tiene un valor comercial destacable fuera de la temporada de verano y eso hace que no haya empresa alguna que pueda dar una fuente de trabajo sostenible a lo largo del año. En consecuencia, al no haber potencial comercial no hay tampoco interés alguno en invertir aquí bajo esas condiciones.
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La dueña de un restaurante me comentó: “todo es tranquilo, se puede salir de noche sin problemas. Aquí nunca pasa nada!”… y es así porque este es uno de esos lugares en los que parece que no existiera la maldad, los niños pueden salir tarde o caminar de noche sin temor a que suceda algo.
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Entonces empecé a darme cuenta que la maldición de este pueblo es una bendición en sí. El que no sea un motor comercial y que no haya dinero de por medio ha conspirado para que este lugar se vuelva una especie de santuario donde uno puede vivir tranquilamente. Es uno de esos lugares donde uno no necesita despedirse de nadie porque existe la total seguridad de que volverás a ver pronto a esa persona.
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Aparentemente la maldad no se interesa en visitar lugares que el dinero no frecuenta.
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Y que bueno que sea así.
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